Quienes somos

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Somos Ángeles y Javier, de Jerez de la Frontera. Estamos en el camino para reencontrarnos con nuestro trocito de corazón oriental, que nos espera en China o Vietnam. A pesar de esta larga espera, seguimos muy ilusionados y estamos deseando que llegue el momento de abrazarnos y cerrar el círculo de esta familia.

Cocha de los 100 deseos

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26 de mayo de 2015

Carta a una madre - De Kathy Lynn Harris

Voy a reproducir una entrada de un blog escrita por Kathy Lynn Harris, una autora de Texas que vive en Colorado que he encontrado en otro blog de adopcion. Me ha parecido tan bonita que me parece mejor reproducirlo entero que pegar únicamente el enlace de la traducción. 
 

~Kathy Lynn Harris ha escrito dos novelas y tres libros para niños. También ha publicado cientos de artículos en revistas, poemas, relatos breves y ensayos. Su trabajo se ha incluido en numerosas antologías. Puedes saber más sobre ella en su blog.


Querida madre de un hij@ adoptad@,

Te veo en las clases de formación para la adopción. Te veo en la ECAI. Te veo en el cole de mi hijo. Te veo en internet. Te veo a propósito. Te veo sin querer.

No importa. El asunto es que te conozco. Reconozco esa fiera determinación. El coraje. La lucha. Porque todo lo que tienes vino de una decisión, y nada de lo que tienes ha sido fácil. Eres el tipo de mujer que Hace Que Las Cosas Pasen. Después de todo, tú hiciste que pasara, tu familia.

Quizá lo soñaste. Quizá tuviste que convencer a tu pareja de que era lo que había que hacer. Quizá lo hiciste sola. Quizá te dijo la gente que tenías que contentarte con lo que ya tenías. Quizá alguien te dijo que, sencillamente, no podías tener un hijo, este hijo cuyo pelo ahora quitas con tanto cariño de su cara. Quizá alguien te advirtió sobre lo que le pasó al amigo de la vecina de tu primo. Quizá les ignoraste a todos.

Puede que lo planearas durante años. Puede que de pronto te llegara la oportunidad. Puede que gastaras los ahorros de tu vida para ello. Puede que no fuera tu primera opción. Pero puede que sí.

No importa cómo, te conozco. Y veo cómo aguantas con fuerza. A veces con incluso demasiada fuerza. Porque, eso es lo que hacemos ¿no?

Sé todos los libros que leíste en aquel entonces. Los que todo el mundo lee sobre pautas de sueño y el uso de pañales de tela frente a los desechables, sí, pero y los otros libros también. Los que hablaban sobre los trastornos de vinculación, sobre los bancos de leche materna, sobre los niños que nacen adictos al alcohol, la cocaína o la meta. Sobre los retasos cognitivos, los deficits del lenguaje. Sobre las consultas psicológicas, las retenciones de hacienda, los pro y los contra de las adopciones abiertas, los derechos legales.

Conozco bien las entrevistas, los informes sobre el pasado, la documentación, los informes económicos, las visitas a casa, las referencias. Conozco los cursillos, tantos cursillos. Conozco la frustración del papeleo sin fin. Las horas pasadas haciendo cuentas, vendiendo cosas y organizando cualquier evento posible para recaudar el dinero suficiente.

Sé cómo nunca se te fue de la cabeza lo que querías.

Sé sobre la llamada de asignación, la revolución interna que te lleva a estar en una nube y más arriba. Y luego bajar porque, ya sabes, las cosas pueden torcerse.

A lo mejor se lo dijiste a tu madre, a algunos amigos cercanos. A lo mejor lo gritaste al mundo. A lo mejor te permitiste a ti misma decorar la habitación de tu hijo, comprar la sillita para el coche. A lo mejor compraste una mantita suave, sólamente esa mantita, la que acercabas a tu mejilla cada noche.
Sé cómo son las visitas a tu casa. Sé lo que es tener los nudillos agrietados y sangrantes de limpiar cada centímetro de tu casa la noche antes. Sé lo que es que se te queme el bizcocho y el intentar arreglarte bien antes de que la trabajadora social llame a tu puerta.

Y sé lo que son los informes de seguimiento, cuando no has dormido en tres semanas porque tu niño ha tenido un cólico. Y sé lo que es esforzarse al máximo para mostrar que lo tienes todo bajo control, incluso cuando has tenido que volver al trabajo a jornada completa, a veces incluso sin tener la baja maternal, volver sin la familia, con las cacerolas, sin las pancartas de bienvenidos a casa.

Y te he visto en países extranjeros, tierras extrañas, alojándote en hoteles sucios, tomandote semanas libres del trabajo, luchando para comprender lo que te decían y lo que no. Luchando para ofrecer todo tu amor a un pequeño que está asustado. Esperar, desear, saludar, amar, volar, adaptarse, volver a casa.

Te he visto en el hospital donde nacía un niño, intentando pensar si te corresponde estar en ese escenario. He visto tu cara cuando escuchas a la enfermera susurrar al oído de la madre biológica que 'no tienes que pasar por esto'. Te he visto intentar mostrarle con todas tus ganas a la madre biológica todo tu respeto y tu paciencia y tu comprensión en esos momentos -mientras te muerdes el labio y cierras los ojos, sin saber si ella va a cambiar de idea, is todo esto ha sido un sueño que puede acabar abruptamente en un entorno esterilizado. Sin saber si es tu momento. Sin saber apenas nada.
Te he visto mirar a los ojos de un niño pensando si realmente será tu hijo, preguntándote si podrás calmar tu mente y tu buen sentido para darte a él completamente.

Y luego, tener al niño en tus brazos, en casa, esa primera noche. Sus deditos agarrando los tuyos. Su calido latido al ritmo de tu corazón.

Conozco esa dicha. Esa perfecta, contenida y esperanzadora dicha.

También sé qué sentiste el día de la adopción. Los nervios por la mañana, el juzgado, el protocolo, el alivio, la alegría. El dejar escapar el aliento que puede que no supieras que llevabas conteniendo desde hace meses. Meses.

Te he visto cuando ves a los padres biológicos y a los abuelos biológicos durante semanas o años a lo largo del camino. Te he visto cuando compartes a tu hijo con extraños que tienen su nariz, su sonrisa... gente que le quiere porque es uno de ellos. Te he visto abrazarle por las noches después de esas visitas, cuando está agitado y confundido, cuando lo único que quiere es su peluche y reposar la cabeza en tu hombro.

Te he visto preocuparte cuando tu hijo trae a casa los deberes que tratan sobre el árbol genealógico. O cuando le piden que traiga fotos de su padre para que la clase pueda comparar los rasgos que se heredan, como los ojos azules o las barbillas cuadradas. Sé que te preocupas porque tú puedes protejer a tu hijo de muchas cosas, pero no le puedes protejer de que sea diferente en un mundo que celebra los parecidos con tanta intensidad.

Te he visto en la consulta del médico, rellenando historiales médicos, dejando espacios en blanco, poniendo signos de interrogación, esperando que esos espacios en blanco no se conviertan en grandes problemas con el tiempo.
Te he visto responder a todas las preguntas difíciles, las preguntas que tienen que ver con el por qué, y con el amor, y con cuánto, y dónde, y quién, y ¿por qué mamá? ¿Por qué?

Te he visto preguntarte cómo reaccionarás la primera vez que escuches el tan temido "Tú no eres mi madre de verdad." Y te he visto sonreír suavemente ante tal afirmación, estar tranquila y mostrar tu amor, hasta que te encierras en el baño y escondes tu llanto con el ruido de la ducha.

Te he visto cómo te revuelves cuando alguien te dice que tu hijo tiene suerte de tenerte. Porque tú sabes con toda tu alma que es justamente al revés.

Pero sobre todo, quiero que sepas que te he visto mirar a los ojos de tu hijo. Y sé que aunque nunca verás un reflejo de tus propios ojos en los suyos, ves algo que es igual de poderoso: el reflejo de tu amor absoluto e incondicional por esa personita que creció en medio de tus lágrimas y de tu risa, y que si lo separaran de ti, sería como si te perdieras a ti misma.


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